El vino contado a través de experiencias.

Ultimos comentarios

No hay comentarios para mostrar.


Por: Christian Villalobos / @Dondeviajo


Un vino del valle de Tracia me confirma que Bulgaria vuelve a aparecer en el mapa mundial con una personalidad propia entre los territorios vitivinícolas de Europa.

Hay algo que siempre me ocurre cuando visito una gran feria internacional y mas aun si es de la industria del vino: con una oferta de miles de etiquetas, siempre termino encontrando alguna botella que jamás imaginé probar. Es parte de la magia de nunca terminar de descubrir vinos diferentes. Durante mi gira por Alemania inicie un recorrido prácticamente por todos los continentes reunidos en un mismo lugar, trayendo consigo historias, paisajes y tradiciones que muchas veces permanecen fuera del radar de nuestros mercados.

En mi recorrido por ProWein Düsseldorf, Alemania, decidí detenerme en un stand que me despertó curiosidad en un área de Bulgaria. Para muchos lectores sudamericanos, Bulgaria no aparece inmediatamente en el mapa cuando pensamos en vino. Sin embargo, este país del sureste de Europa posee una tradición vitivinícola milenaria. Su geografía combina montañas, valles fértiles y zonas cercanas al Mar Negro, donde el clima templado y la influencia mediterránea crean condiciones muy favorables para el cultivo de la vid.

Las principales regiones vitivinícolas se extienden desde las zonas costeras del Mar Negro hasta el histórico valle de Tracia, en el sur del país, una región que ha producido vino desde tiempos antiguos. Fue justamente ahí donde nace el vino que tuve la oportunidad de degustar. Se trata del Blem 2021 Limited Edition, elaborado por la bodega Dives Estate Winery. Este vino es un ensamblaje de 50% Merlot y 50% Cabernet Sauvignon, con una graduación alcohólica de 13,21%, una combinación clásica que permite expresar equilibrio entre estructura y elegancia.

En copa se presenta con un rojo bien intenso y profundo. Desde el primer momento en boca transmite un carácter. En nariz aparece una rica paleta aromática que recuerda a frutos rojos y negros del bosque, hay algo de notas de café, caramelo, vainilla. Es un vino fino, complejo y algo misterioso, con una estructura que transmite robustez y personalidad. Al volver en boca me resulta envolvente y culmina con un final largo y persistente.

Pero más allá de las características del vino, lo que más me llamó la atención fue el contexto actual que vive la industria del vino; Bulgaria está viviendo un interesante proceso de redescubrimiento. Después de años de producción enfocada principalmente en mercados regionales, nuevas bodegas están apostando a mejorar calidad, identidad territorial y producciones más cuidadas. Es un movimiento silencioso, pero cada vez más visible en estas ferias internacionales.

Sin embargo, muchos de estos vinos difícilmente llegarán a mercados como los nuestros en Sudamérica. Las razones pueden ser varias: producciones limitadas, estrategias comerciales centradas en Europa o simplemente la enorme competencia de etiquetas que ya existe en nuestros mercados. Por eso, recorrer ferias internacionales tiene algo de aventura. Son espacios donde uno puede detenerse frente a una copa y probar vinos que normalmente no encontraríamos en nuestras tiendas o restaurantes. Es una oportunidad para comparar estilos, descubrir territorios nuevos y entender cómo distintas regiones del planeta interpretan variedades tan conocidas como el Merlot o el Cabernet Sauvignon.

Al final, creo que descubrir vinos también se parece mucho a la vida misma. Cuando viajamos a un lugar lejano —una ciudad que probablemente no volveremos a visitar— tratamos de mirar con más atención. Caminamos más despacio, observamos detalles, probamos sabores nuevos y tratamos de aprovechar cada momento. Sabemos que esa oportunidad puede no repetirse. Y con el vino me ocurre algo parecido. Cuando tengo frente a mí una botella proveniente de un lugar que tal vez nunca vuelva a cruzarse en mi camino, me gusta detenerme. Mirar el color con calma, oler sin apuro, probar tratando de entender qué historia hay detrás de esa copa. Creo que cada vino nace en un paisaje, en un clima y en un suelo específico. Y ese territorio termina hablando a través de la botella. Por eso siempre me gusta explorar lo más posible: distintos países, distintas variedades, distintos estilos, sin embargo todos tienen algo en común. Cada botella es, en cierta forma, un pequeño viaje.

Un viaje al territorio donde nació el vino… y también un momento de la vida en que decidimos abrirlo.

CATEGORIES

Degustacion

Comments are closed