Hotel Las Majadas: Entre viñas, montañas y patrimonio histórico
Una experiencia premium para vivir el Valle del Maipo con más tiempo, calma y profundidad.
Llegar a Pirque ya tiene algo especial. El camino comienza a cambiar de ritmo, la ciudad queda atrás y el paisaje se abre hacia una zona donde el vino, la cordillera y la vida de campo todavía conservan una identidad muy propia. El viaje hacia Hotel Las Majadas de Pirque permite reencontrarse con ese Maipo Alto que muchas veces se mira solo como una escapada de algunas horas desde Santiago, pero que tiene mucho más que ofrecer cuando se recorre con tiempo.
En el camino aparece inevitablemente la referencia de Viña Concha y Toro, uno de los nombres más reconocidos del Valle del Maipo. Sin embargo, justamente ahí surge una primera reflexión: Pirque no puede reducirse a una sola viña, por importante que sea. Este territorio tiene caminos rurales, vistas a la cordillera, bodegas con identidad propia, gastronomía, patrimonio, naturaleza y una vida enoturística que merece ser descubierta con mayor pausa.
En ese contexto, Hotel Las Majadas de Pirque se instala como una base privilegiada para recorrer el Maipo Alto sin la presión de hacer todo en una sola jornada. Dormir en Pirque cambia completamente la experiencia. Permite quedarse una, dos o tres noches y construir un recorrido más profundo, combinando visitas a viñas, gastronomía, descanso, naturaleza, patrimonio, actividades al aire libre y rutas hacia la precordillera.
Así, el vino deja de ser una visita puntual y se transforma en una forma de habitar el territorio.
El hotel como punto de partida para vivir Pirque.
Al llegar a Hotel Las Majadas de Pirque, lo primero que se percibe es que no estamos frente a un hotel convencional. El complejo reúne un palacio histórico de 1907, encargado al arquitecto Alberto Cruz Montt, un parque centenario diseñado originalmente por el paisajista francés Guillermo Renner y un hotel contemporáneo de 50 habitaciones, concebido para el descanso, la desconexión y la contemplación del entorno.
La arquitectura del hotel tiene un mérito importante: no intenta competir con el palacio ni imponerse sobre el parque. Más bien se integra al paisaje con líneas modernas, sobrias y cálidas. Es un hotel de alto nivel, pero sin perder la conexión con la naturaleza. Desde sus pasillos, espacios comunes y habitaciones, el parque sigue estando presente.
Para el turista que quiere vivir el Maipo Alto, este punto es fundamental. Contar con un hotel instalado en el mismo Pirque permite transformar una visita al valle en una experiencia de varios días. Ya no se trata de llegar por unas horas, visitar una viña y volver rápidamente a Santiago. Aquí se puede dormir, descansar, recorrer, comer bien, degustar vinos, caminar, pedalear, recibir un masaje reparador, conocer el palacio, hacer un picnic y salir a descubrir distintas viñas cercanas.
Desde Las Majadas, el visitante puede complementar su estadía con recorridos por viñas como Concha y Toro, Haras de Pirque, El Principal, Casa Fevre, Santa Alicia, Alyan y otras bodegas del entorno, cada una con una propuesta distinta. Algunas destacan por su historia, otras por su arquitectura, sus vinos de autor, sus vistas, sus atardeceres o su relación con la cordillera. El valor está precisamente en esa diversidad.
Pirque no debe entenderse solo desde una viña emblemática. Debe mirarse como un destino enoturístico completo, donde el vino puede vivirse durante varios días, con distintos ritmos, paisajes y experiencias.
Además, la ubicación entrega otra posibilidad muy atractiva: la cercanía con la Cordillera de los Andes y la conexión natural hacia el Cajón del Maipo. El hotel ofrece experiencias y excursiones guiadas que permiten vincular la estadía con la montaña, ampliando la propuesta hacia la naturaleza, el senderismo y los paisajes cordilleranos. Esa combinación de vino, hotelería, gastronomía, patrimonio y precordillera convierte a Las Majadas en una oferta muy completa dentro del turismo chileno.
Trekking en Lo Fontecilla: La tarde empieza en la precordillera.
Después de instalarnos, la primera experiencia fue una ruta de trekking de nivel inicial hacia Lo Fontecilla, una excursión ubicada a pocos minutos en auto desde el hotel y pensada para quienes buscan naturaleza, tranquilidad y vistas del Maipo sin una gran exigencia física.
Fue una caminata liviana, ideal para disfrutar más que para exigirse, avanzando entre vegetación nativa, pequeños senderos y miradores naturales. A medida que caminábamos, el paisaje comenzaba a mostrar esos detalles que muchas veces pasan inadvertidos cuando uno recorre un destino apurado. Se cruzaron codornices, vimos chincoles, aguiluchos y distintas aves propias de la precordillera. La guía nos acompañó con información sobre la flora, la fauna y el entorno natural, mientras avanzábamos a un ritmo tranquilo, perfecto para conectarse con el paisaje.
Desde algunos puntos del recorrido se podían apreciar amplias vistas hacia el Valle de Pirque, la Cordillera de los Andes y parte del relieve precordillerano que rodea el sector de El Principal. Desde la meseta, la vista se abría hacia cerros como el Cerro del Corazón o Cerro Morado, el Cerro Blanco y el Cerro Papagayo, que acompañaban esa postal tan propia de Pirque: viñas, montaña, bosque nativo y caminos rurales.
Pero el verdadero protagonista de la jornada fue la puesta de sol. La luz comenzó a caer lentamente sobre el valle, tiñendo los cerros con tonos dorados, naranjos y rosados, mientras las viñas y la precordillera completaban una postal perfecta para detenerse, mirar y fotografiar.
Y justo cuando la tarde alcanzaba su mejor momento, apareció la sorpresa: una experiencia de cheese & wine. Una copa de vino, quesos, buena conversación y ese paisaje abierto frente a nosotros hicieron que el trekking dejara de ser solo una caminata para convertirse en un momento memorable. Era Pirque en su mejor hora: vino, montaña y atardecer.
Restaurante Sequoia: Vinos del Maipo Alto y cocina abierta.
Al volver al hotel, la noche ya mostraba un cielo despejado, de esos que recuerdan que uno salió de la ciudad. Era hora de cenar en el Restaurante Sequoia, ubicado dentro del mismo complejo.
La primera impresión fue muy grata por su concepto de show kitchen, una cocina abierta donde se puede observar parte del proceso, el movimiento del equipo, la preparación de los platos y esa coordinación viva que ocurre detrás de un buen servicio. La propuesta gastronómica de Sequoia es liderada por el chef Pablo Segovia, pero durante la experiencia también se percibe el trabajo atento y muy bien custodiado por Alejandro Vergara y Daniela Mendoza, quienes sostienen en terreno esa conexión entre cocina, servicio y relato.
Ese detalle agrega un valor especial. Ver la cocina en acción permite entender que la gastronomía no nace solamente en el plato final, sino también en el ritmo, la técnica y la energía del equipo. Incluso, al mirar ese espacio, pensé que sería muy interesante incorporar algunas sillas en la barra frente a la cocina, para que ciertos comensales pudieran vivir una experiencia todavía más cercana, casi como espectadores privilegiados de lo que ocurre entre fuegos, aromas e ingredientes.
El nombre Sequoia no es casual. Hace referencia a la presencia de estos árboles dentro del parque centenario de Las Majadas, especies que forman parte importante de la identidad natural del lugar. Pero esa relación no queda solo en el nombre: también se expresa en la cocina, donde ciertos productos, tanto carnes como pescados, incorporan técnicas de ahumado con leña y corteza vinculadas a este árbol, aportando aromas muy especiales.
En ese ambiente nos esperaba Javier Tarkowski, sommelier del restaurante, quien presentó un vuelo de vinos del Maipo Alto con cuatro etiquetas seleccionadas para recorrer distintas expresiones del territorio. Degustamos Lingal Rosé 2025, de Pérez Cruz; Kiñe Verdejo 2025, de El Principal; Ecràl Carmenere 2021, de Haras de Pirque; y Chacai Cabernet Sauvignon 2022, de Casa Fevre.
Cada vino abrió una conversación distinta. El rosé aportó frescor y una entrada amable; el Verdejo permitió mirar el Maipo desde una expresión menos habitual; el Carmenere conectó con una cepa profundamente vinculada a Chile; y el Cabernet Sauvignon recordó la tradición del Maipo Alto como territorio de tintos con estructura, carácter y elegancia.
Más allá de los descriptores técnicos, lo más valioso fue la forma en que Javier conectó cada vino con su origen. Hablamos de suelos, clima, identidad, servicio y cultura del vino. Ahí aparece una de las grandes virtudes del concepto enogastronómico bien logrado: el vino deja de ser solamente una bebida y se transforma en relato, paisaje, memoria y conversación.
Una cena con identidad y territorio.
Luego vino la gastronomía. La cocina, liderada por el chef Pablo Segovia y cuidadosamente acompañada en la experiencia por Alejandro Vergara y Daniela Mendoza, mostró una propuesta que busca dialogar con el producto, con el territorio y con el visitante. Cada plato fue presentado con cercanía, permitiendo comprender mejor la intención detrás de Sequoia: una cocina generosa, sabrosa, bien ejecutada y conectada con el entorno.
La experiencia comenzó con un ceviche de atún, fresco, delicado y muy bien equilibrado, ideal para abrir el apetito y preparar el paladar.
Luego llegó un fetuccini di mare, acompañado de choritos, pulpo, camarones y congrio, integrado con pasta, tomates cherry y un caldo generoso que envolvía toda la preparación. Más que una pasta con mariscos, era un plato profundo, sabroso y reconfortante, de esos que se disfrutan primero con la vista y luego con calma.
El tercer plato fue una plateada Angus en reducción de vino Cabernet Sauvignon, preparada en cocción lenta a la cacerola, acompañada de una guarnición de pastelera y albahaca. Aquí apareció una expresión muy chilena, pero llevada con elegancia. La carne, suave y concentrada en sabor, dialogaba muy bien con la reducción de vino, mientras la pastelera aportaba dulzor, textura y memoria de cocina tradicional. La albahaca entregaba frescor y aroma al conjunto.
Lo interesante del Restaurante Sequoia es que la cena no se siente como un servicio aislado. La cocina abierta aporta transparencia y dinamismo; el chef entrega cercanía y relato; el sommelier eleva la conversación hacia la cultura del vino; y el equipo de servicio sostiene la experiencia con una atención amable, precisa y muy bien coordinada.
La taberna del palacio: Cuando la noche todavía no termina.
Cuando parecía que la jornada ya había entregado suficiente, todavía faltaba una última escena. Como si la noche quisiera extenderse un poco más, salimos al parque y caminamos bajo un cielo estrellado hacia un espacio más íntimo, ubicado en el subterráneo del propio palacio.
La atmósfera invitaba a seguir la velada con música relajada, iluminación tenue y ese ambiente perfecto para largas conversaciones. Hay lugares que no necesitan demasiado ruido para tener carácter. La taberna tiene justamente esa virtud: prolonga la experiencia sin romper el tono de la noche.
Una noche en Pirque.
Después de una jornada intensa, pasar la noche en el hotel permitió entender mejor el sentido de esta propuesta. No había que volver apurado a Santiago ni cerrar la experiencia después de la cena. Dormir en Pirque le dio continuidad al viaje.
Esa es una de las grandes ventajas de Las Majadas: permite que el visitante baje el ritmo. El día no termina con una degustación ni con una comida. Continúa en el descanso, en el silencio del parque, en la comodidad de las habitaciones y en esa sensación de estar realmente dentro del territorio.
Segundo día: Desayuno buffet con sello local.
Después de una noche profundamente reparadora, el segundo día comenzó con un desayuno buffet que mantuvo el mismo espíritu de la experiencia: estándar de hotel de alto nivel, pero con un sello territorial muy presente.
No era un desayuno internacional sin identidad, de esos que podrían estar en cualquier parte del mundo. Aquí aparecían productos locales, sabores cercanos y pequeños gestos que conectaban con el Maipo: miel de productores de la zona, pan horneado en el mismo lugar, productos frescos y la presencia de una huerta propia vinculada al restaurante.
Ese detalle es importante, porque en un destino enoturístico la experiencia no debería terminar en la copa de vino. También está en el pan de la mañana, en la miel, en los productos de temporada, en la huerta y en la manera en que el hotel decide relacionarse con su entorno.
Masaje, descanso y turismo de bienestar.
Luego vino una pausa reparadora en Kura Spa, cuyo nombre, según la comunicación del hotel, significa “piedra” en mapudungún, en referencia a las pircas características de Pirque. El espacio ofrece masajes, sauna húmedo y seco, aromaterapia, piedras calientes y sala de máquinas, integrando el bienestar como parte natural de la estadía.
El masaje fue una forma perfecta de recuperar energías. Las Majadas no solo funciona como punto de partida para recorrer viñas, sino también como un espacio de descanso. Es un lugar donde el cuerpo también entra en la experiencia. Caminar, comer, tomar vino, descansar, recibir un masaje, mirar el parque y dormir bien forman parte de una misma idea de viaje.
Durante los fines de semana, el hotel resulta ideal para parejas, familias o viajeros que buscan una escapada temática vinculada al vino, la gastronomía y la naturaleza. Durante la semana, el complejo cuenta con espacios diseñados para recibir empresas, reuniones, actividades de planificación, encuentros, congresos y eventos corporativos en un entorno muy distinto al de un salón tradicional.
Bicicletas y parque centenario.
Más tarde recorrimos el parque en bicicleta, una actividad que le da otro ritmo a la experiencia. Pedalear entre senderos, árboles centenarios, esculturas, fuentes y rincones silenciosos permite observar el entorno de otra manera.
El parque es uno de los grandes patrimonios vivos de Las Majadas. Diseñado originalmente por el paisajista francés Guillermo Renner a comienzos del siglo XX, reúne árboles centenarios que entregan sombra, memoria y carácter al lugar. Entre sus especies destacan sequoias, peumos, robles, araucarias, cedros del Líbano, cipreses, tilos, palmeras, plátanos orientales y encinos, entre otros.
Mientras pedaleábamos, aparecían la cordillera, el palacio, la luz filtrándose entre las hojas y esa sensación de estar dentro de un espacio pensado para caminarlo, habitarlo y contemplarlo.
El tour del palacio: Patrimonio que se recorre.
Después del paseo en bicicleta, realizamos el tour del palacio. Esa visita permite comprender mejor el valor histórico de Las Majadas.
El palacio fue encargado a comienzos del siglo XX al arquitecto Alberto Cruz Montt, uno de los nombres relevantes de la arquitectura chilena de la época, y está asociado a la familia Subercaseaux. Su estilo francés y su presencia dentro del parque lo convierten en una pieza patrimonial clave del conjunto.
Actualmente, luego de su reconstrucción y puesta en valor, el palacio funciona como centro de eventos y reuniones, manteniendo su presencia histórica dentro de una propuesta hotelera contemporánea. Recorrerlo permite entender que Las Majadas no es solo un hotel de descanso, sino también un lugar donde la historia, la arquitectura y el paisaje dialogan con el presente.
Picnic frente al palacio: El cierre perfecto.
Frente al palacio nos esperaba una últ
ima experiencia a la hora de almuerzo: un picnic preparado para disfrutar el parque desde otra perspectiva.
Fue un cierre sencillo, pero profundamente significativo. Una canasta preparada para la ocasión, el parque abierto, la cordillera al fondo y la posibilidad de sentarse tranquilamente a conversar mirando uno de los paisajes más elegantes de Pirque.
Ese picnic resumió muy bien el espíritu de Las Majadas: hospitalidad cuidada, belleza natural, historia viva y gestos simples que se transforman en recuerdos.
Servicio de excelencia.
Si tuviera que destacar un elemento transversal de toda la estadía, sería el servicio.
Desde la guía del trekking hasta el sommelier, desde la cocina hasta el equipo del hotel, anfitriones, conserjes, garzones, masoterapeutas y personal del restaurante, toda la experiencia estuvo marcada por una preocupación constante por los detalles.
El servicio fue cercano, atento y profesional, pero sin rigidez. Esa combinación no siempre es fácil de lograr. Hay hoteles donde la atención es correcta, pero distante. Y hay otros donde existe calidez, pero falta precisión. En Las Majadas, al menos desde mi experiencia, ambos elementos convivieron muy bien.
Esa hospitalidad fue clave para que cada momento tuviera continuidad. El trekking, la cena, la taberna, el desayuno, el masaje y el picnic no se sintieron como actividades aisladas, sino como parte de una misma forma de recibir y acompañar al visitante.
Después de vivir esta experiencia, queda la sensación de que Pirque tiene hoy una oportunidad enorme para consolidarse como uno de los grandes destinos enoturísticos de Chile. No solamente por su historia vitivinícola ni por estar en una zona reconocida como cuna del vino chileno, sino porque cuenta con una infraestructura hotelera capaz de invitar al visitante a quedarse y descubrir el Maipo Alto con otra profundidad.
La presencia de un hotel de este nivel cambia la manera de mirar Pirque. Permite combinar viñas, precordillera, caminatas, paseos en bicicleta, patrimonio, gastronomía, buenos vinos y descanso en una misma estadía, sin que nada parezca forzado.
En mi experiencia, ese es el gran valor de Hotel Las Majadas de Pirque: transformar una visita al vino en una vivencia completa. Un lugar donde el Maipo Alto no se recorre apurado, sino que se disfruta con tiempo, conversación, paisaje y una hospitalidad que hace que cada detalle tenga sentido.



Comments are closed