El vino contado a través de experiencias.

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En el Valle de Casablanca, una bodega familiar recupera el valor de las tinajas, los macerados y los procesos nobles para crear una experiencia íntima, sensorial y enogastronómica que conecta el vino chileno con su memoria más profunda.

Salir de Santiago rumbo al Valle de Casablanca siempre tiene algo especial. En poco más de media hora, la ciudad empieza a quedar atrás y el paisaje cambia de ritmo. Casablanca aparece como un punto intermedio muy atractivo entre la capital chilena y la costa de Valparaíso: suficientemente cerca para una escapada de un día, pero con la identidad propia de un valle que se ha ganado un lugar importante dentro del vino chileno.

En ese camino, a solo un kilómetro de la Ruta 68, aparece Bodegas RE. La llegada ya anticipa algo distinto. No se trata de una bodega monumental ni de una arquitectura pensada para impresionar desde la distancia. Al contrario, lo primero que sentí fue estar entrando a un proyecto íntimo, familiar, casi hogareño. Un lugar donde el vino no se presenta desde la grandilocuencia, sino desde la memoria, el oficio y los detalles.

La historia detrás de esta bodega también le da un peso especial a la visita. Bodegas RE nace desde la mirada de Pablo Morandé, uno de los nombres importantes de la vitivinicultura chilena y reconocido por haber sido pionero en redescubrir el potencial del Valle de Casablanca para plantar parras y producir vinos de calidad. En este proyecto familiar, junto a sus hijos, esa experiencia se transforma en una propuesta más personal, más experimental y profundamente conectada con la idea de volver a mirar el vino desde sus orígenes.

Desde el inicio, el equipo de turismo nos recibió con una atención cercana y muy didáctica. La experiencia está bien pensada para visitantes nacionales y extranjeros, con capacidad de atención en distintos idiomas, incluyendo portugués e inglés, algo clave para un valle que cada vez despierta más interés internacional. Pero más allá del idioma, lo que realmente marca la diferencia es la forma de contar la historia. Aquí no se trata solo de caminar por una bodega; se trata de entender qué significa el concepto RE: REcordar, REcrear, REdescubrir, REinterpretar.

Durante el recorrido, esa idea empieza a tomar forma. Bodegas RE busca recuperar procesos ancestrales y traerlos al presente a través del uso de tinajas, ánforas y materiales nobles como la madera, el concreto y el adobe. Hay una intención evidente de volver a técnicas antiguas, pero sin nostalgia vacía. Lo ancestral aquí no aparece como decoración, sino como parte viva del proceso productivo.

Uno de los espacios que más llamó mi atención fue la sala dedicada a los macerados. Allí se entiende mejor cómo los aromas, las frutas, las hierbas y el tiempo pueden transformarse en parte esencial de una experiencia sensorial. La maceración permite extraer aromas, sabores, colores y texturas, y en este caso se convierte en una especie de puente entre el vino, los licores, los balsámicos y la cocina. Es un momento del recorrido que obliga a detenerse, mirar con más calma y comprender que el vino también dialoga con otros mundos.

Luego vino uno de los instantes más bonitos de la visita: bajar a la bodega subterránea. La atmósfera cambia de inmediato. La luz se vuelve más tenue, el ambiente más íntimo y aparecen las tinajas antiguas, muchas de ellas con historia propia. El espacio no es enorme, y justamente por eso tiene encanto. Es una bodega contenida, silenciosa, casi reservada para conversaciones más personales. A media altura, las mesas preparadas para catas permiten imaginar una degustación tranquila, mirando las barricas y las tinajas, en un ambiente donde todo invita a bajar el ritmo.

Esa sensación de intimidad se mantiene durante toda la experiencia. Se nota cuando un proyecto tiene detrás a sus propios dueños, a una familia y a una visión. En Bodegas RE, cada espacio parece pensado para reforzar una misma idea: volver a los procesos nobles, al tiempo, a la paciencia y a una manera menos industrial de relacionarse con el vino.

Después del recorrido, pasamos al Wine Shop y al espacio gastronómico. Aquí es importante señalar que la experiencia enogastronómica funciona solamente con reserva previa. Y eso, lejos de ser un detalle menor, le aporta valor. No se trata de llegar e improvisar una mesa, sino de vivir un maridaje preparado con anticipación, con una atención más personalizada y coherente con el espíritu de la bodega.

La cocina está a cargo de Massiel Alvarado, quien interpreta muy bien esa identidad íntima y artesanal. En nuestro caso, el maridaje comenzó con una crema de zapallo y jengibre junto a RE Pinotel 2024; siguió con un tataki de atún sobre humus y sésamo tostado, acompañado por RE Enredo 2023; luego un filete envuelto en tocino sobre papa rosti, maridado con RE Cabergnan 2017; y finalizó con un Napoleón de palmerita chilena con crema de frambuesa y helado de mascarpone con frutos rojos, junto a un shot de vino navegado y REliquia, licor de fruta de níspola.

Fue una secuencia precisa y bien pensada. Cada tiempo acompañó el relato de la bodega sin intentar robarle protagonismo al vino. La cocina funcionó como una extensión natural del recorrido: primero se entiende la historia, luego se conocen los procesos, después se baja a la bodega y finalmente todo llega a la mesa.

Pero hubo otro detalle que me pareció fundamental: las botellas. En Bodegas RE, el diseño también cuenta una historia. Cada botella parece trabajada como una pieza especial, con una estética que se aleja de lo convencional. El etiquetado manual, la firma y el sellado con lacre rojo le aportan un sentido artesanal, casi ritual. Ese gesto refuerza la idea de estar frente a un proyecto donde cada elemento tiene intención. No es solo vino embotellado; es una forma de presentar una identidad.

Al final del recorrido, salimos hacia el jardín y el patio. Allí aparecen las huertas, algunas plantas utilizadas en la cocina y un sector que llama especialmente la atención por la presencia de alcornoques, el árbol del cual se obtiene el corcho. En una bodega donde todo conversa con la memoria del vino, caminar entre alcornoques tiene algo simbólico. Es volver a mirar incluso aquello que muchas veces damos por obvio: el corcho, el cierre, el contacto final entre la botella y el tiempo.

Esa zona también está pensada para experiencias al aire libre, especialmente picnic, y le entrega al lugar un cierre muy natural. Después de recorrer una bodega subterránea, mirar tinajas, probar vinos, compartir un maridaje y conocer el trabajo detrás de cada botella, terminar en ese patio permite entender mejor el espíritu completo de Bodegas RE.

Me fui con la sensación de haber conocido una bodega pequeña en escala, pero grande en identidad. Un proyecto familiar, íntimo, con una mirada propia y con un proceso productivo que busca diferenciarse desde lo ancestral, lo manual y lo sensorial. En tiempos donde muchas experiencias tienden a parecerse demasiado, Bodegas RE logra algo valioso: construir un relato reconocible.

Y quizás ahí está su mayor encanto. A pocos minutos de Santiago, en ese punto intermedio entre la ciudad y el mar que es Casablanca, esta bodega invita a detenerse, bajar el ritmo y recordar que el vino no vive solamente en la copa. Vive también en las manos que etiquetan una botella, en el lacre rojo que la sella, en las tinajas que guardan historia, en la cocina que acompaña y en esos pequeños detalles que convierten una visita en memoria.

Tinajas
Bodega de Macerados
Wineshop
Cavas subterráneas Bodegas RE

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