Entre el río y los viñedos: Hotel Viña La Playa
Una visita a Peralillo me llevó hasta una acogedora casona de campo donde el Tinguiririca, los vinos de Viña Sutil y la tranquilidad rural construyen una experiencia que permanece en la memoria.
Por: Christian Villalobos Almendares
@GuiaDelVino.org @DondeViajo
Anteriormente había recorrido el Valle de Colchagua y visitado algunas de sus viñas más reconocidas. Conocía parte de sus paisajes, sus rutas rurales y la historia que ha convertido a esta zona en una referencia para el vino chileno. Sin embargo, nunca había estado en Peralillo, y fue precisamente esa condición de descubrimiento la que despertó mi curiosidad. Ubicada a unos 190 kilómetros al sur de Santiago, poco más de dos horas y media de viaje por carretera, esta comuna conserva buena parte de la esencia rural que caracteriza a esta reconocida zona vitivinícola. También es posible llegar por vía aérea previa coordinación, una alternativa poco habitual dentro del turismo del vino chileno y que adquiere especial sentido en Hotel Viña La Playa, considerando que el recinto cuenta con aeródromo privado y helipuerto.
La invitación consistía en conocer Hotel Viña La Playa, una acogedora casona de campo inserta entre las vides de Viña Sutil y las riberas del río Tinguiririca. Muchas bodegas hablan de terroir, pero aquí tendría la oportunidad de caminarlo. A medida que avanzábamos por los caminos interiores del fundo, el paisaje comenzaba a transformarse. El sonido de los pájaros reemplazaba lentamente el ruido del viaje, las hileras de vides aparecían a ambos lados del camino y una extensa alameda nos conducía hacia una gran casona rodeada de jardines, árboles de gran tamaño y pinos que parecían custodiar silenciosamente este rincón del valle. De pronto, una liebre cruzó frente a nosotros. Son esos pequeños detalles los que anuncian que uno está entrando en otro ritmo, en otro tiempo.
Al final de la alameda apareció la casona principal. Una construcción tradicional chilena rodeada de áreas verdes y una pileta central que parece formar parte del paisaje desde siempre. La sensación inmediata fue la de llegar a uno de esos lugares donde todavía es posible escuchar el silencio. La calidez del lugar se percibe desde el primer momento. Más que un hotel boutique, la sensación es la de llegar a una gran casa de campo donde cada espacio invita a quedarse. Los salones, los jardines y las habitaciones transmiten esa hospitalidad que todavía sobrevive en algunos rincones de la zona central.
Una casona entre viñedos y avionetas
La llegada tuvo además un ingrediente que marcó el tono de toda la visita. Me recibió personalmente Daniel Postiglione, enólogo de Viña Sutil y profundo conocedor de esta tierra. Antes incluso de instalarme en la habitación comenzamos a conversar sobre las vides, la influencia del Tinguiririca y las particularidades de los suelos que han dado forma a algunos de los vinos más representativos de la casa. Daniel no se limitó a explicar aspectos técnicos. Compartió historias, observaciones y detalles que solamente alguien que lleva años recorriendo estos campos puede transmitir. Desde ese momento quedó claro que las siguientes dos jornadas estarían marcadas por el aprendizaje, la observación y el descubrimiento.
La habitación mantenía intacta la esencia de las antiguas casas patronales chilenas. La madera, los espacios amplios y la presencia permanente de la chimenea aportaban una sensación de abrigo que invitaba a desconectarse inmediatamente. Desde el corredor exterior podía observarse el paisaje abierto, los jardines perfectamente cuidados y las plantaciones que rodean el hotel. No muy lejos de allí aparecía otro detalle que llama la atención: la pista de aterrizaje privada y el helipuerto, una combinación poco habitual dentro de la oferta turística vinculada al vino en Chile y le aporta una singularidad poco frecuente a este rincón de Colchagua, donde una casona de campo, una moderna bodega, senderos junto al río y extensas plantaciones conviven de manera armónica dentro de un mismo entorno. A ello se suman los jardines, la piscina, la cancha de tenis y la posibilidad de recorrer libremente los caminos interiores en bicicleta, transformando la estadía en una invitación permanente a disfrutar la tranquilidad del campo chileno.
El vino comienza mucho antes de la copa
La primera actividad consistió en recorrer las instalaciones productivas de Viña Sutil. La bodega impresiona por su dimensión y por una infraestructura moderna que combina capacidad productiva, tecnología y precisión enológica. Daniel abrió las puertas de cada rincón del proceso, mostrando con absoluta transparencia las distintas etapas de elaboración de los vinos. Visitamos las áreas de recepción de uva, las salas de fermentación, el laboratorio de enología, los espacios de guarda y una cava subterránea donde el silencio y la temperatura constante crean las condiciones ideales para la crianza.

Uno de los espacios que más llamó mi atención fue el laboratorio. Allí se realizan análisis físicos, químicos y sensoriales que permiten monitorear permanentemente la evolución de cada vino. Resulta fascinante observar cómo la ciencia y la sensibilidad enológica conviven diariamente para acompañar un proceso que comienza muchos meses antes de la vendimia.
“Muchas veces las personas observan solamente la botella terminada, pero el vino comienza mucho antes. Comienza en el suelo, en la planta y en cada decisión que se toma durante el año”, me comenta Daniel mientras recorremos las instalaciones.
Pero me llamaron la atención dos momentos especialmente interesantes durante la visita. El primero fue una extraordinaria colección de muestras de suelos provenientes de distintos territorios donde Viña Sutil desarrolla sus proyectos. Dispuestas de manera visual y didáctica, permiten observar diferencias de color, textura y composición que ayudan a entender cómo cada suelo aporta características particulares al desarrollo de la vid. El segundo fue un completo panel aromático diseñado para entrenar los sentidos. Frutas, flores, especias, hierbas y múltiples descriptores aparecen organizados para que el visitante pueda reconocer de manera práctica muchos de los aromas que posteriormente encontrará en la copa. Más que una actividad educativa, se transforma en una verdadera experiencia sensorial que ayuda a interpretar mejor cada vino.
La tarde avanzaba lentamente y el sol comenzaba a descender sobre las plantaciones. Desde el corredor de la habitación observé cómo los colores cambiaban minuto a minuto, tiñendo el horizonte con tonos dorados y anaranjados que se extendían hacia el poniente. Una de esas postales que difícilmente se olvidan.
Una mesa con sabor a territorio
Poco después llegó la hora de la cena. En el restaurante Tinguiririca me esperaba una propuesta de maridaje diseñada para recorrer distintos territorios vitivinícolas de Chile a través de los vinos de Viña Sutil. La noche comenzó con una copa de Viña La Playa Extra Brut acompañada de unas papas bravas, un aperitivo ideal para dar inicio a una velada donde vino y gastronomía dialogarían permanentemente.
A medida que avanzaba la cena, la propuesta fue transitando por distintos valles y estilos. Un carpaccio de lengua de res con encurtidos de la casa encontró un interesante contrapunto en una Garnacha Limited Release 2023 del Valle del Maule, mientras que un chupe de lapas fue acompañado por un Chardonnay Limited Release del Valle del Limarí. Uno de los momentos más destacados apareció con la corvina rellena de duxelle de jaiba y camote crocante, maridada con un Syrah Limited Release 2023. Y cuando pensaba que todo terminaba, aparece, otro plato; un osobuco braseado y glaseado al vino tinto, servido sobre puré de papas y vegetales grillados, encontró un excelente compañero con el icono de Sutil Mixtio 2022. Al final el postre con peras pochadas al vino tinto, crema de queso azul y helado de maqui.
Más allá de los platos y los vinos, lo que quedó en la memoria fue la coherencia del relato. Cada copa parecía conectarse con un paisaje distinto y cada preparación encontraba una manera natural de dialogar con el vino. Afuera, la noche ya se había instalado sobre las vides mientras las luces de la casona se reflejaban suavemente en los jardines. La primera jornada terminaba exactamente como había comenzado: con una sensación de tranquilidad difícil de encontrar en las ciudades urbanas.
Siguiendo el curso del Tinguiririca
Despertar en Colchagua siempre tiene algo especial. La calma se siente en el silencio, la amplitud del paisaje y la presencia constante de la naturaleza. Después de un desayuno abundante, con frutas frescas, panes, café recién preparado y productos locales, Daniel me esperaba para recorrer uno de los mayores atractivos del lugar: el sendero que bordea parte de la ribera del río Tinguiririca.

Partimos caminando entre jardines cuidadosamente mantenidos que poco a poco dan paso a un entorno más silvestre. El sendero avanza entre árboles, moras, pequeños bosques y una vegetación que prospera gracias a la cercanía del agua. El sonido del río acompaña permanentemente el recorrido y, en algunos sectores, la vegetación se abre para revelar vistas privilegiadas del cauce atravesando silenciosamente este rincón del valle.
La caminata continúa entre las vides, donde aún quedaban algunos racimos tras la vendimia. Daniel se detiene junto a una planta y toma con cuidado uno que todavía permanece en la vid.
“Mira, Christian… esta es una uva de la variedad Tintorera, muy interesante porque posee antocianos, los compuestos que dan color al vino tinto, no solo en la piel, sino también en la pulpa. Incluso sus hojas presentan ese característico tono carmín”
Mientras observábamos la parra, el intenso rojo de las hojas contrastaba con los verdes que aún persistían en el viñedo. Era una explicación simple y visual que mostraba cómo muchas características del vino nacen mucho antes de llegar a la bodega.

Más adelante llegamos a una antigua calicata preparada para mostrar los distintos estratos del suelo. Arena, arcilla, piedras y material aluvial aparecían expuestos frente a nosotros, revelando aquello que normalmente permanece oculto bajo nuestros pies.
Daniel se detiene junto a ella y señala las distintas capas del terreno.
“Esta calicata ya tiene algunos años, pero nos permite observar muy bien cómo son los suelos de esta zona. Estamos bordeando el Tinguiririca y eso se refleja claramente en el perfil del terreno. Son suelos muy característicos de un entorno asociado a un río, donde encontramos distintos aportes minerales y materiales que han sido transportados durante siglos por sus aguas”.
Observando los distintos estratos resultaba fácil relacionar sus palabras con todo lo visto durante la visita. El río Tinguiririca ya no aparecía solamente como un elemento paisajístico que acompaña al hotel o al sendero. También forma parte de la historia geológica que ha modelado este territorio.
A medida que avanza hacia el oeste, sus aguas han erosionado el paisaje durante miles de años, contribuyendo a dar forma natural a la gran depresión que hoy conocemos internacionalmente como Valle de Colchagua. Ese proceso permanente de erosión, transporte y sedimentación ha dejado una huella profunda en los suelos que hoy sostienen parte importante de la actividad vitivinícola de la zona.
Por un momento, la conversación dejó de centrarse en las botellas, las etiquetas o las barricas. Todo parecía conducir nuevamente al mismo lugar: el río, los suelos y la vid.
La huella que deja el paisaje
El recorrido continuó lentamente de regreso hacia la casona. Mientras caminábamos, mi atención volvía una y otra vez al Tinguiririca. Después de dos días recorriendo bodegas, senderos, salas de degustación y compartiendo largas conversaciones con Daniel, resultaba inevitable relacionar gran parte de la identidad de estos vinos con este paisaje, con estos suelos y con este río.
Seguimos avanzando mientras el sendero se acercaba nuevamente a las casona del hotel. A la distancia reapareció la pista de aterrizaje del aeródromo. Una imagen poco habitual dentro del mundo del vino y que aporta un sello muy particular a este rincón de Peralillo.


Poco después llegó el momento de partir. Mientras abandonaba este lindo lugar, la imagen que permanecía en mi memoria no era solamente la de las barricas, o de los grandes vinos y gastronomía. Creo que el sonido del río avanzando entre árboles y las vides, la postal de la puesta de sol, el canto de los pájaros y el curso de agua que sigue recorriendo silenciosamente esta tierra, modelando sus paisajes, alimentando sus suelos y acompañando el trabajo de quienes transforman estos campos en vino.
Me alejaba de Viña Sutil, de la casona, de la hospitalidad de su equipo y de dos jornadas intensas de aprendizaje y descubrimiento. Pero el Tinguiririca seguirá allí, avanzando con la misma calma con que lo ha hecho durante siglos. Y quizás sea precisamente en ese constante fluir donde descansa una parte importante del alma de este hermoso rincón del valle de Colchagua.
COORDENADAS:
Hotel Viña La Playa
📍 Camino La Playa S/N, Peralillo, Valle de Colchagua, Chile
www.hotelvinalaplaya.cl
Instagram: @hotelvinalaplaya
Cómo llegar
Aproximadamente 190 kilómetros al sur de Santiago (2 horas y 30 minutos por carretera).
Acceso aéreo:
S 34° 26′ 56” y W 71° 23′ 09”
Aeródromo y helipuerto privado previa coordinación.




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